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Por qué los españoles damos dos besos: origen social y cambios recientes


¿Por qué los españoles damos dos besos? Origen social y cambios recientes

Saludar con un beso en la mejilla es una de esas costumbres que provoca sorpresa y curiosidad a partes iguales cuando un extranjero llega a España. A primera vista, parece fácil: inclinarse un poco, rozar la mejilla ajena con los labios, dar un “beso” al aire… ¡y repeat! Sin embargo, bajo esa aparente sencillez hay siglos de historia, marcados por tradiciones íntimas, transformaciones sociales y, más recientemente, algunos ajustes provocados por circunstancias extraordinarias. Acompáñanos en este recorrido ameno por las raíces y evolución de uno de los gestos identitarios más reconocibles de nuestra cultura.

Un gesto con raíces antiguas

Aunque no existe un documento que lo certifique al milímetro, la costumbre de saludarse con dos besos tiene ecos en la Edad Media europea. En aquel entonces, rendir un saludo “de honor” a amigos y allegados solía implicar estrecharse las manos o, en casos de gran confianza, rozar la mejilla. Con el paso de los siglos, estas manifestaciones de cariño fueron adquiriendo matices regionales.

En la Península Ibérica, las influencias romanas y, más tarde, las tradiciones medievales de la corte, fueron moldeando un saludo cercano y afectuoso. A diferencia de England o Alemania, donde la formalidad prevalecía y saludaban con reverencias o apretones de mano, en la España de los reinos cristianos, el beso como gesto de bienvenida se convirtió en símbolo de familiaridad.

“El beso en la mejilla expresa no solo cercanía física, sino complicidad y confianza entre las personas un acto ritual que une a la comunidad.”

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— Antropólogo Manuel Rivadeneyra

El estallido de la costumbre en el siglo XX

Durante buena parte del siglo XIX, las élites sociales seguían saludándose mayoritariamente con la mano. No obstante, tras la Guerra Civil y con la estabilización de la sociedad franquista, el gesto de los dos besos ganó terreno en la vida cotidiana. La prensa, el cine y las fiestas locales popularizaron ese saludo entre conocidos, vecinos e incluso algunos profesionales, como médicos y maestros. En los pueblos, donde todos se conocían, el ritual de los besos se volvió casi obligatorio en cada reencuentro.

En las grandes ciudades, el crecimiento de la inmigración interna y la proliferación de medios de transporte contribuyeron a que el saludo afectuoso se reservase para los círculos más íntimos. Por eso, a finales de los setenta y principios de los ochenta, aún era habitual ver a desconocidos dándose la mano y a familiares y amigos, dos besos en las mejillas.

¿Y por qué dos besos y no uno, ni tres?

Existen varias teorías populares al respecto. Algunas apuntan a que el “primero” era un beso para saludar y el “segundo” para despedirse: ¡doble eficiencia! Otras explican que se trata de un equilibrio entre simpatía y pudor, evitando la excesiva cercanía de tres besos, muy común en provincias del norte de Francia. Sea como fuere, la explicación más aceptada por sociólogos es que el número dos responde a un justo medio: suficiente para demostrar cariño, pero sin resultar cargante.

  • Uno: gesto íntimo, demasiado reservado.
  • Dos: combinación de afecto y mesura.
  • Tres o más: tradición de otras regiones, no arraigada en España.

Variaciones regionales y matices en el saludo

No en toda España se dan exactamente dos besos. En algunas zonas del norte —por ejemplo, Almería o Soria— se suele dar solo uno, mientras que en regiones fronterizas con Francia, como Navarra o Gipuzkoa, no es raro que se den tres. Incluso dentro de una misma comunidad, el gesto puede variar según la edad, el nivel de confianza y el contexto: social, profesional o familiar.

Además, determinados colectivos, como profesores, sanitarios y policías, retomaron la mano como forma más higiénica y formal de saludar. Con ello se estableció un doble código: besos para los amigos y la familia mano para el ámbito laboral y oficial.

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Cambios recientes: la pandemia y su eco duradero

En marzo de 2020, con la llegada de la COVID-19, los besos en la mejilla se redujeron al mínimo. El miedo al contagio y las recomendaciones de distanciamiento social hicieron que la mayoría de españoles sacrificara la costumbre, al menos temporalmente, en favor de gestos de codo, reverencias o simplemente un “hola” a distancia. Muchos se sorprendieron al comprobar lo arraigado que estaba el hábito cuando, tras semanas de confinamiento, se hizo evidente cuánto lo habían echado de menos.

Conforme los meses avanzaron y la vacunación progresó, el saludo volvió, aunque con matices: algunos prefieren una pequeña inclinación de cabeza, otros un beso con mascarilla y, en ciertos ambientes laborales, sigue primando el apretón de manos o el choque de puños.

“El gesto del beso no desaparecerá, pero sí quedará filtrado por nuevos protocolos de cortesía y salud.”

— Informe de la Sociedad Española de Cultura

El futuro de un hábito centenario

¿Volveremos a esa rutina de besos inmediatos en cada saludo? Seguramente sí, aunque probablemente con cierta cautela añadida. El espejo social ha cambiado: ahora valoramos tanto la cercanía como la prevención sanitaria. Aun así, la mayoría de los españoles sigue considerando el beso como una señal de afecto, respeto y complicidad, un rasgo que nos distingue culturalmente.

Si quieres profundizar más sobre la evolución de los saludos en España, puedes visitar la página de la Real Academia Española o consultar la sección sobre el beso en Wikipedia. Para datos estadísticos de hábitos sociales y costumbres, el portal oficial de turismo Spain.info ofrece estudios interesantes.

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Conclusión

Dar dos besos en España no es solo un gesto: es la materialización de una historia social que une a las personas. A lo largo de los siglos, ese saludo ha ido adaptándose a modas, influencias foráneas y necesidades prácticas. Hoy, tras una crisis sanitaria global que alteró nuestras rutinas, se mantiene vivo, aunque ajustado a nuevas sensibilidades. Como dice el refrán, “los besos siempre vienen bien”, y parece que seguiremos regalándolos —al menos dos— en los próximos años.

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